viernes, 21 de agosto de 2009

Rokia

Se llama Rokia Traoré, es malí y tiene la voz de oro.

En su discografía hay temas sobrecogedores como este Kounandi, incluido en el disco Tchamantché (Equilibrio). El vídeo reproduce una actuación televisiva en Arusha, Tanzania. Las cuerdas terminan de poner la magia. La letra dice algo parecido a esto (traducción a partir de las traducciones en francés e inglés del original en bámbara):

El carisma es un regalo del cielo,
pero saber obtener
lo que uno quiere de la existencia
es una noción que se adquiere aquí abajo.
Con el discurrir de las cosas
se aprende el respeto,
se aprende a seguir y a hacer que te sigan,
a escuchar y a hacer que te escuchen.



También anda por la red la versión de estudio, que se escucha mejor: http://www.youtube.com/watch?v=BM8koeXRpOk

domingo, 16 de agosto de 2009

Origen

Otro sobresalto en mis rastreos cibernéticos.

Rescato para el Reducto este vídeo, fragmento de un documental del que no he sido capaz de encontrar nombre ni filiación. La danza como origen, como arte absoluta, como enlace de lo corpóreo y lo incorpóreo. Maneras de atrapar el aire, lo efímero, lo que no tiene nombre. Sinónimos de bailar: rascarse una ceja, teclear, copular. Movimiento hasta la muerte. Pum, pumpum, pumpum...

miércoles, 12 de agosto de 2009

Mientras tanto...

La ciudad desgastándose en cada esquina
con el roce inútil de las horas muertas.
Con el tiempo empleado en lo absurdo,
comprar jabón,
lavar una vez más esta camisa vieja,
cruzar la mirada con hombres borrachos,
y hombres cansados,
y ancianas que se agazapan
detrás de cortinas roídas.

No hay sabor amargo, dicen,
en esta sucesión de actos reflejos,
hay que dejar de mirar, dicen,
a los perros que se mueren
y gritar silencio
si el cuerpo explota
y en los dedos nacen flores
y en el vientre.

Dicen haga su último viaje con nosotros.
Dicen hoy ha caducado,
deposite este nuevo día en el contenedor gris.

jueves, 6 de agosto de 2009

Próximamente...

El barco se había averiado a algunas millas del puerto: tenía una hélice rota y el desembarco iba a retrasarse aún unos días. Consuelo Suncín aguardaba en tierra. Acababa de atravesar en tren más de media Francia y toda España para reunirse en Almería con él. Antoine de Saint-Exupéry. El hombre de su vida. El gigante, el aviador. El mago que algún día terminaría escribiendo ‘El Principito’ y dibujando para ella el personaje de la Rosa, pero que por entonces sólo había conseguido dejarla plantada en el altar. “Me casaré contigo”, le había prometido de nuevo, “espérame en Almería”.